Las callejuelas eran aparentemente rectas y sin complicaciones, un ejemplo de un ordenamiento aleatorio perfectamente organizado. Suelos empedrados, asfaltados o terrosos. Pocos transeúntes. Poco ruido o mucho eco. Un cierto vientecillo que arrastraba hojas de quién sabe dónde. Y al anochecer, todo a media luz y un tenue frescor, la versión oscura de lo que durante el día era otra cosa.
Se hubiera dicho que así, a mediavela, todo alcanzaba un tono lúgubre o infernal, para otros representaría un escenario edulcorado y empalagoso. Lo cierto, es que era lo que era, vacío y tímidamente arrogante.
Un pueblo, se entiende.
"El mundo prodigioso que tengo en la cabeza. Pero, ¿cómo liberarlo y liberarme sin destrozarme? Y sin embargo, preferiría mil veces destrozarme antes que retenerme”.
domingo, 19 de julio de 2009
domingo, 5 de julio de 2009
"Pero, además, ¿para qué molestar a la gente y tratar que no se muera, si la muerte es el final normal y legítimo de todos? ¿Qué es lo que cambia si un triste comerciante o un funcionario vive unos cinco o diez años más? Incluso si consideramos que el objeto de la medicina está en que los medicamentos alivian los sufrimientos, sin querer salta la pregunta: ¿para qué aliviarlos? En primer lugar, se dice que los sufrimientos abren al hombre el camino de la perfección y, en segundo lugar, si la humanidad de verdad aprendiese a alivar sus sufrimientos con pastillas y gotas, entonces abandonaría definitivamente la religión y la filosofía, en las cuales ha encontrado hasta ahora no sólo protección ante todo el género de desgracias, sino incluso la felicidad. Pushkin, antes de morir, padeció terribles sufrimientos; el pobre Heine se pasó unos cuantos años en la cama paralítico. ¿Por qué, entonces, no pueden enfermar un Andréi Yefímych o una Matriona Sávishna cualquiera, cuyas vidas no tienen sentido alguno y estarían vacías por completo como la existencia de una ameba, si no fuera por los sufrimientos?"
El pabellón nº 6.
Chejov
El pabellón nº 6.
Chejov
martes, 23 de junio de 2009
En noches como esta me sorprendo por qué se me olvida fácilmente el tacto afilado de aquella espada, una espada auténtica, toledana, grabada y firmada, cuyo corte, a pesar y sobre el pasar de los años, no ha dejado de cortar el aire que le envuelve, más que cualquier hoja de bisturí traída de la mejor fábrica alemana.
Sé que sigue colgada en aquella pared de terciopelo vermellón en el Militärhistorisches Museum der Bundeswehr, esperando a alzarse y ser usada, o al menos volver con Diógenes y su lámpara a esta tierra cunicular, para ser olvidada, aunque sea en un vuelo de bajo coste.
Sé que sigue colgada en aquella pared de terciopelo vermellón en el Militärhistorisches Museum der Bundeswehr, esperando a alzarse y ser usada, o al menos volver con Diógenes y su lámpara a esta tierra cunicular, para ser olvidada, aunque sea en un vuelo de bajo coste.
domingo, 21 de junio de 2009
Primos
Ahora me entretienen los números primos, que no son más que unos incomprendidos en un mar de valores, apestados de las letras. Una raza inextinguible, esquizofrénica y anencefálica. Pululan por el universo, solitarios apátridas, apiñados porque la unión hace la fuerza, que no el cariño, en los pasos de cebra atravesados, amargados en pasillos vacíos, vencidos por la rutina del cansancio. Esperando que alguien descubra su secreto, que es tan vacuo como la materia oscura de la que están hechos.
miércoles, 17 de junio de 2009
Algún que otro comentario se hizo en su debido momento, después la noticia dejó de ser novedad y ahora nadie se acuerda de ello.
No sé por qué me viene ahora a la mente.
Y tal vez no vale la pena ni recordarlo.
Sí, mejor olvidarlo, las aguas muertas ya se evaporaron y quizás ya formen parte de algún aburrido océano.
No sé por qué me viene ahora a la mente.
Y tal vez no vale la pena ni recordarlo.
Sí, mejor olvidarlo, las aguas muertas ya se evaporaron y quizás ya formen parte de algún aburrido océano.
martes, 16 de junio de 2009
Te sentaste en el sofá o, más bien, te dejaste caer, con todo tu peso.
Ya habías apagado la luz y afuera estaba oscuro.
Sólo veías un punto rojo, que parpadeaba o lo parecía, ondulante y sigiloso.
Pero una vez en el sofá ya no lo percibías.
Y te daba igual.
Ya estabas recostado.
Como un plomo inerte, a oscuras.
Y tu conciencia ausente, de viaje...
Ya habías apagado la luz y afuera estaba oscuro.
Sólo veías un punto rojo, que parpadeaba o lo parecía, ondulante y sigiloso.
Pero una vez en el sofá ya no lo percibías.
Y te daba igual.
Ya estabas recostado.
Como un plomo inerte, a oscuras.
Y tu conciencia ausente, de viaje...
martes, 9 de junio de 2009
Que ni una de las comas que aquí sobran se tengan por menospreciadas.
Que ni uno de los puntos que aquí faltan se tengan por imprescindibles.
Que no se tengan en cuenta las palabras que aquí yacen, ni las ideas que no se esconden, pues no cuentan ni la intención ni el pretexto.
Los motivos, encarcelados, la desidia, por bandera.
Ni esto es un texto, ni una lápida en un camposanto.
Que ni uno de los puntos que aquí faltan se tengan por imprescindibles.
Que no se tengan en cuenta las palabras que aquí yacen, ni las ideas que no se esconden, pues no cuentan ni la intención ni el pretexto.
Los motivos, encarcelados, la desidia, por bandera.
Ni esto es un texto, ni una lápida en un camposanto.
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