Un escalofrío matutino por el leve contraste térmico entre el interior de la cama y el exterior.
Sin embargo, había algo que no encajaba. Porque la cama parecía ser más grande, así como la pequeña habitación.
Se dirigió al balcón. Las cortinas del ventanal resultaban pesadas y, aunque pudo retirarlas, de nuevo no alcanzó a ver a través del enorme cristal.
Tal vez seguía en un estado de ensoñación. Por eso fue al cuarto de baño e intentó encender las luces. El interruptor parecía más grande y estar más elevado.
Siempre que entraba en el baño y encendía las luces, lo primero que veía era su monótona cara reflejada en el espejo. Pero hoy no podía. El espejo quedaba demasiado alto y apenas sí acertaba a distinguir un pequeño revoltijo de pelos que parecían ser los suyos, pero cuyo color no era el habitual. Ni siquiera alcanzaba la pasta de dientes que quedaba sobre la repisa.
Ahora ya no quedaba ni el recuerdo de las sábanas. Sólo desesperación.
Desistió del uso del cuarto de baño y volvió a la cama, con la idea de sentarse y tranquilizarse por un momento. Pero el borde tenía una altura que no le permitía sentarse normalmente, teniendo que impulsarse para hacerlo.
Con la cabeza entre sus manos, la barbilla casi tocando su pecho y cara de resignación, se puso a pensar. ¿Qué era lo que fallaba? ¿Por qué nada estaba a su alcance? ¿Por qué no veía a través de las ventanas? ¿Por qué en cada movimiento que había hecho hasta ahora lo acompañaba de un leve quejido?
Así las cosas y tras mucho meditar, cayó en la cuenta que ya no tenía por qué madrugar.
Hacía tiempo que disfrutaba (?) de la jubilación y su médico de cabecera ya le había advertido que sobre su escoliosis de toda la vida se añadía una ya no tan incipiente osteoporosis. Mañana le operarían de cataratas.